La felicidad de Jaime por haber alcanzado un lugar donde sentarse en el camión iba desapareciendo mientras veía a través de la ventana. Pero no por culpa de las decenas de autos alrededor, la lluvia que sabía lo empaparía al bajarse, o que esa vez tardaría más en llegar a casa por el tráfico. No, era por el recuerdo de Beatriz, su Bea.
Ya la había perdido, pero recordaba, por ejemplo, cuando la conoció. Ese día él acudió a una conferencia sobre monocordios en la Universidad Panamericana, donde ella estudiaba Estudios Latinoamericanos. La invitó a tomar algo en una cafetería que se veía cara desde la entrada.
Al principio le preocupaba no estar a la altura, o más bien que su cartera no lo estuviera, pero ella lo tranquilizó contándole que su papá tenía dinero, que le invitaba. “Un macchiato con su grano de café más caro”, respondió él con una sonrisa, a la que ella correspondió.
Sin embargo, lo que más recuerda de esa semana, fue cuando ella le confesó su interés en él: “Quiero vivir como la gente común, hacer lo que hace la gente común, estar con gente común”. Jaime le prometió cumplir su deseo, sin pensar en cómo le remarcó un “gente común, como tú”.
Saliendo del restaurante “Le Pulpe”, en francés a juego con el menú, lo primero que se le ocurrió fue llevarla al supermercado, pues “debía empezar por algún lado”. Ahí le dijo que se imaginara que no tenía dinero. “Qué gracioso eres”, le respondió, pero él no veía felicidad entre los pasillos, ese día ni siquiera en la juguetería.
“Quiero vivir como la gente común”, le repitió, así que él la llevó al pasillo cinco, donde le dijo que tomara un envase de café soluble, y después a la panadería, donde agarró una caja de donas. De ahí a su departamento, que le hizo gracia estuviera sobre una paletería.
Mientras veía por la ventana del camión, aún muy lejos de la terminal del Metro, Jaime pensó que en realidad sí llegó a creer que serían Renata y Ulises de la vida real, como ella decía querer, aunque no llegara nunca a tener idea de cómo transbordar en Pantitlán, ni las reglas no escritas de las combis, como a quién le tocará cobrar y pasar el dinero de los pasajeros, ni en qué lugares podrás dormir tranquilamente.
En su departamento, recuerda que esa noche, para la cena hirvió leche en su pocillo sobre la estufa y le puso una cucharada del café soluble. Se la dio con la caja de donas abierta sobre la mesa. “Café au lait”, dijo ella, y él no tuvo corazón para decirle que en realidad sería más parecido a un lechero. Era un café común, tan común como el instantáneo que preparan y venden en tricíclos en las calles.
Ella después lo llevó a desayunar a cafeterías de renombre y a comer en restaurantes con estrellas Michelin. “Quiero vivir como la gente común”, tremenda mentira, pensó Jaime en el camión.
Y tan mentira fue, y él tanto la resintió, que un día se lo gritó en plena Cineteca, entre aficionados al cine húngaro y nuevos “revisitores” del cine de ficheras, que dicen ir por la crítica social de aquellas películas. Ahí le dijo que nunca podría vivir como la gente común, vivir sobre una paletería, tener que cortarse el cabello para trabajar en atención al público, fallar como la gente común.
Ese día se lo gritó y después echó a correr, no recuerda si lloraba o llovía. No quería hacerlo, al principio no supo qué lo motivó a decírselo, a escapar. Después se preguntó cómo es que no le gustaron las donas remojadas en el café, quizá prefería con chocolate. Si él pudo probar la Crème Brûlée con un espresso, por qué ella le rechazó su bebida.
