Lo que relataré a continuación no puede salir de aquí, pues temo a las consecuencias. No sólo para mí, sino también en tu contra. Eso sí, te prometo que todo lo que leas será cierto, tan real como que mi nombre es Mario Eugenio. Una noche volvía del trabajo durante uno de esos aguaceros tremendos que apenas y te dejan caminar. Recuerdo que había salido tarde por culpa de mi jefe que no paraba de pedirme que le agregara cosas al informe de fin de año. Yo creo que salí unas dos o tres horas más tarde. Pues ahí venía yo caminando desde la parada del camión, ya por adentro de mi colonia, para ir cortando camino y poder llegar a la casa lo menos empapado posible. Como no planeaba salir tan tarde, ni sabía que llovería, y menos a ese grado, no llevaba paraguas. Recuerdo que mientras caminaba, y por la tormenta, no vi a nadie más en la calle durante varias cuadras, que recorrí con una revista sobre la cabeza que al menos me permitiera ver hacia dónde iba, y mi termo con café en la otra mano. ...
Recién terminaba un trámite por Insurgentes cuando vi aquella cafetería sobre la avenida, y como me había estresado todo aquello del "traiga copia por triplicado más el original y a la persona que lo escribió", por lo que necesitaba un buen café, así me metí sin dudarlo. Aunque desde afuera los ventanales le daban al lugar un aspecto de café de chinos, por dentro tenía en realidad otra onda, de esas que buscan unir lo hogareño con el negocio, con mesas que parecían desayunador de casa suburbana, con plantas en las esquinas pero cuadros a la venta por más de 10 mil pesos. Entre que era de las pocas mesas vacías, y por la vista, decidí sentarme junto a la ventana en una mesa para cuatro personas. Poco después llegó una mesera de unos cuarentaytantos con la carta para que viera qué pediría. Como era de esperarse, tenían lo clásico: americano, capuchino, latte, espresso, lechero y moca. A excepción de un "seltzer", que nunca en la vida había probado, así que decidí ar...