Lo que relataré a continuación no puede salir de aquí, pues temo a las consecuencias. No sólo para mí, sino también en tu contra. Eso sí, te prometo que todo lo que leas será cierto, tan real como que mi nombre es Mario Eugenio. Una noche volvía del trabajo durante uno de esos aguaceros tremendos que apenas y te dejan caminar. Recuerdo que había salido tarde por culpa de mi jefe que no paraba de pedirme que le agregara cosas al informe de fin de año. Yo creo que salí unas dos o tres horas más tarde. Pues ahí venía yo caminando desde la parada del camión, ya por adentro de mi colonia, para ir cortando camino y poder llegar a la casa lo menos empapado posible. Como no planeaba salir tan tarde, ni sabía que llovería, y menos a ese grado, no llevaba paraguas. Recuerdo que mientras caminaba, y por la tormenta, no vi a nadie más en la calle durante varias cuadras, que recorrí con una revista sobre la cabeza que al menos me permitiera ver hacia dónde iba, y mi termo con café en la otra mano. ...
Era de esos días en los que de tanto caminar, recorriendo museos y conociendo nuevas ciudades, los pies se cansan a más no poder. Sentarse a descansar era una urgencia, sin mencionar que tenía sed, y ganas de abrir mi paquete. Sin percatarme del clima, recordé que en el centro de la ciudad había una cafetería con mesas al aire libre junto al circuito por donde pasaría el desfile de catrinas por el Día de Muertos. Elegí una mesa vacía en la orilla y me senté. Casi enseguida llegó un muchacho con un menú en la mano, que dejó sobre la mesa y me dio las buenas tardes, que le respondió una señora de la mesa de a lado, pidiéndole un vaso con hielo para su refresco. Al volverlo a ver le pedí un frappé de cajeta, pues había sido una tarde cansada y calurosa. Nada para comer, pues guardaba apetito para un postre más tarde; se me habían antojado unos churros, de otro local. Una vez solo, abrí la caja de cartón que recibí en una tienda cercana, pues había olvidado algunas cosas para el viaj...