Lo que relataré a continuación no puede salir de aquí, pues temo a las consecuencias. No sólo para mí, sino también en tu contra. Eso sí, te prometo que todo lo que leas será cierto, tan real como que mi nombre es Mario Eugenio.
Una noche volvía del trabajo durante uno de esos aguaceros tremendos que apenas y te dejan caminar. Recuerdo que había salido tarde por culpa de mi jefe que no paraba de pedirme que le agregara cosas al informe de fin de año. Yo creo que salí unas dos o tres horas más tarde.
Pues ahí venía yo caminando desde la parada del camión, ya por adentro de mi colonia, para ir cortando camino y poder llegar a la casa lo menos empapado posible. Como no planeaba salir tan tarde, ni sabía que llovería, y menos a ese grado, no llevaba paraguas.
Recuerdo que mientras caminaba, y por la tormenta, no vi a nadie más en la calle durante varias cuadras, que recorrí con una revista sobre la cabeza que al menos me permitiera ver hacia dónde iba, y mi termo con café en la otra mano. Lo confieso, estaba tan enojado ese día que llené el recipiente con café antes de salir de la oficina. “Que por lo menos me inviten café para la cena”, pensé.
Caminaba, caminaba y por momentos sentía que no avanzaba, como si anduviera sobre una caminadora, pero me dije que eso es lo que se piensa cuando llueve tanto, o cuando hace mucho sol y está uno cansado. De pronto, empezó a vibrar mi teléfono. No contesté. No tenía manos, ni quería discutir sobre algún cambio adicional que me pidieran hacer en casa y que me impidiera descansar. Fácil me eché ese día unas 12, 14 horas trabajando.
Recuerdo que al terminar la cuadra donde está la farmacia después del mercado di vuelta a la izquierda en una calle muy amplia, con camellón al centro y sentido doble; como regularmente hacía. De pronto, la lluvia se detuvo, así de la nada. No sé si solo era a mi alrededor o qué, pues fue muy raro, ya que no fue que bajara de intensidad, paró de golpe. Eso sí, recuerdo que, a mi alrededor, así a lo lejos, se veía niebla espesa, que supuse sería por la tormenta.
Al principio seguí caminando, hasta que noté que todo había sido muy raro, por lo que, naturalmente, me detuve. Bueno, creo que más bien me detuvieron, porque en ese momento como si algo me jalara hacia arriba. Así como esas garras de los juegos, con las que puedes ganarte un muñeco o algo al meterle unas monedas.
No me creerás, pero mientras me iba despegando del suelo me envolvió una luz, entre blanca y azul, aunque a veces parecía cambiar del azul al verde. Volteé hacia arriba y no veía nada, más que una luz circular muy brillante.
Sin saber qué hacer, traté de zafarme, como si alguien intentara cargarme, pero obviamente no pude, pues no había nada ni nadie agarrándome, aunque quién sabe cómo le hice, yo creo que, con todo el ajetreo, pero se abrió la tapa del termo y me cayó un poco del café.
Después de todo el sacrificio que me costó ese café de la máquina del comedor, recuerdo que pensé que no podía desperdiciarlo, así que intentaba taparlo mientras seguía subiendo.
Pero tampoco creas que me sentía mal o algo, realmente estaba yo bien, normal, lo único era que me despegaba del suelo; si ya iba yo como a la altura de las ventanas del segundo piso de un edificio frente a mí, cuando terminó por caerse la tapa del termo y se me cayó casi todo encima.
Al principio me sentí triste, porque había perdido mi cena, pero en eso solo escuché un “iugh”. No así en voz alta, sino como si escuchara a alguien hablar directamente en mi cabeza. Y qué bueno, porque en eso se apagó la luz que había a mi alrededor formando algo así como un tubo, y caí al suelo.
Luego de eso ya no hubo mucho, pues al tocar el pavimiento se apagó también la luz hacia la que iba y volvió a llover, como si hubieran quitado un techo sobre mí. Tardé un poco en levantarme, por el golpe, pero cuando pude me fui directo a la casa. Lo extraño es que, si antes no había nadie en las calles, ni se veían luces encendidas en las casas, después de eso empecé a ver algunas ventanas iluminadas, aunque todo seguía desierto, pues ya era de madrugada.
Tampoco había alguna llamada en mi teléfono, por lo que, así como la recuerdo, esa fue la noche en que un café de percoladora de oficina me salvó de ser abducido, aunque quién sabe por quién y para qué.
Francisco Contreras
