Lo que relataré a continuación no puede salir de aquí, pues temo a las consecuencias. No sólo para mí, sino también en tu contra. Eso sí, te prometo que todo lo que leas será cierto, tan real como que mi nombre es Mario Eugenio. Una noche volvía del trabajo durante uno de esos aguaceros tremendos que apenas y te dejan caminar. Recuerdo que había salido tarde por culpa de mi jefe que no paraba de pedirme que le agregara cosas al informe de fin de año. Yo creo que salí unas dos o tres horas más tarde. Pues ahí venía yo caminando desde la parada del camión, ya por adentro de mi colonia, para ir cortando camino y poder llegar a la casa lo menos empapado posible. Como no planeaba salir tan tarde, ni sabía que llovería, y menos a ese grado, no llevaba paraguas. Recuerdo que mientras caminaba, y por la tormenta, no vi a nadie más en la calle durante varias cuadras, que recorrí con una revista sobre la cabeza que al menos me permitiera ver hacia dónde iba, y mi termo con café en la otra mano. ...
De la nada, en aquellas calles extrañas, ajenas a mi vida diaria, se soltó la lluvia. Que, igual en segundos, se convirtió en granizo y no tuve más que buscar dónde resguardarme. Sacrificadamente, ja.ja.ja, encontré una cafetería y me metí, hallándola casi desierta, lo que se me hizo un poco extraño por la hora, y la lluvia. Supongo que los sorprendió a todos igual que a mí. Elegí una mesa junto a la esquina, cerca de la barra y con vista a la puerta, pues ahí no me mojaría ni me daría el aire. Como le quedaba poca batería a mi celular, saqué la batería portátil y lo puse a cargar. Apenas me habían tomado la orden, tuvieron que cerrar la puerta a la calle, pues el agua empezaba a mojar el piso de antigua madera. En realidad aquel local era bastante acogedor, no necesitaría de lluvia para atraer a cualquier persona, le guste el café o no. Como parecía que tardaría en bajar la intensidad de aquella tormenta, me decidí por un café de especialidad. Me debatí entre un filtrado o un Aer...