Sacrificadamente, ja.ja.ja, encontré una cafetería y me metí, hallándola casi desierta, lo que se me hizo un poco extraño por la hora, y la lluvia. Supongo que los sorprendió a todos igual que a mí. Elegí una mesa junto a la esquina, cerca de la barra y con vista a la puerta, pues ahí no me mojaría ni me daría el aire. Como le quedaba poca batería a mi celular, saqué la batería portátil y lo puse a cargar.
Apenas me habían tomado la orden, tuvieron que cerrar la puerta a la calle, pues el agua empezaba a mojar el piso de antigua madera. En realidad aquel local era bastante acogedor, no necesitaría de lluvia para atraer a cualquier persona, le guste el café o no.
Como parecía que tardaría en bajar la intensidad de aquella tormenta, me decidí por un café de especialidad. Me debatí entre un filtrado o un Aeropress, para aprovechar tanto el tiempo como la atmósfera de cafetería de baristas regularmente capacitados. Sí, de esas donde es pecado endulzar el café.
Siguiendo la tradición, apenas pedí, me trajeron un vaso con agua y me invitaron a tomar más, si quería, de una jarra sobre la barra. Admito que tuve que buscar para qué el agua, pues al parecer en otras ocasiones cometí algunos errores respecto a su uso, pero eso es otro tema.
Afuera seguía escuchándose el agua cayendo violentamente, supongo que incluso ya granizaba. Por momentos imaginé aquella calle empinada con su bajada de agua como río. Pensé en que una de las ventajas de estar de viaje, no sólo en la ciudad hecha por los ángeles, sino en cualquier lugar, pues no tienes que preocuparte por tener que llegar al trabajo o porque tu casa se inundará, simplemente puedes esperar a que pase todo.
Mientras, adentro, contrario a lo que uno creería de esos lugares, el barista al que le tocó hacer mi brebaje no estaba muy alegre de tener que moler manualmente los granos, y eso que tenía su molino y no lo tenía que hacer con mortero. Que sería un buen toque, darle estilo de botica de antaño, que combinaría con la ciudad.
Cansado por el proceso, prefirió sacar el agua caliente de la cafetera de espresso, y mejor, que tal que quería sacar su anafre para hervir el agua "artesanalmente". Eso sí, pacientemente vertió el líquido vaporoso de la tetera sobre la pila de café molido en ese tubo de plástico que es el Aeropress.
Mientras veía la escena, pensé en que es con un método similar que se mide la lluvia, con tubos plásticos y se revisa cuánto se llenó en un tiempo determinado. Justo vi uno de estos aparatos horas antes mientras recorría el museo de la Casa de los Muñecos, donde exhiben varios aparatos y herramientas de siglos pasados, usados para investigación en la Autónoma de Puebla.
Ahí había dos aparatos, que básicamente eran recipientes de lluvia graduados, aunque con diferentes técnicas. Recuerdo que uno de ellos tenía una tira de papel que se humedecía con el agua captada y eso daba una línea de tiempo de cuándo llovió y cuánto, similar a los sismogramas actuales.
Una pirueta después, el barista estaba en el suelo y la mesera venía hacia mí con un vaso de vidrio y uno de cerámica con el café. Creí que el de vidrio era para mezclar el agua fría con el café para bajarle la temperatura. Los ojos furiosos del barista me indicaron que no, que ni lo pensara.
Y qué bueno que no se lo eché, bastante tuve con el susto que me llevé al darle un trago, pues creí que sería agua normal y pues no, casi me ahogo con las burbujas, pues resultó ser mineral. Ah, porque según Google, te dan el agua para limpiar el paladar antes de probar el café y que no te sepa a cualquier cosa que acabaras de comer.
Afuera ya no se escuchaba tanto ruido, así que uno de los trabajadores abrió la puerta. Llovía, pero ya no como antes, entraban las gotas y el aire, pero al parecer ya no moriríamos de pulmonía. Total, el café calienta, ¿no?
Pues sirvió su jugada, porque a los pocos minutos entraron dos muchachas como de universidad. Se sentaron a dos mesas de la mía, platicando sobre alguna muestra que acababan de ver en un museo frente a al local. Museo que buscaba justo cuando empezó a llover y que yo creía más lejano. Al menos probaré el Aeropress.
De más está que me quemé la lengua, pues aún estaba caliente. Ni modo, tuve que tomar un trago del agua mineral para reducir la quemazón. Preferí ni verlo para que no me juzgara. Mientras, a un lado, una de las nuevas comensales, que acababa de pedir un cappuccino, sacó el cargador de su bolsa y puso a cargar su teléfono conectándolo directamente de un contacto que estaba bajo el asiento, y que yo no alcancé a ver. Checo mi teléfono y resulta que la batería portátil no tenía mucha carga y apenas subió un 15%. Ya ni modo, de todos modos no traigo el cargador, sólo el cable.
Como faltaba poco para que cerraran el museo que quería ver, y del que ellas venían, apuré el café quemándome lo más que pude para luego bajarle con lo que quedaba del vaso de agua. Pedí apurado la cuenta para salir de ahí y que no me reclamaran por "atropellar" el sabor del café. Sello en el Pasaporte del Café, la tarjeta en la terminal y listo. A volar.
Mientras cruzaba la calle pensé que, una vez que mi lengua recobró la sensibilidad, en realidad el café sí tuvo muy buen sabor, y que no necesitó azúcar, ni agua, ni leche, nada. Caminé sobre la banqueta hacia la esquina, donde debía estar la entrada al museo. Volteo hacia el edificio y no parece haber puertas, ni siquiera hay letreros. Reviso en el celular y resulta que era hacia el otro lado de la cuadra.
Sin más opción, empiezo a caminar hacia allá. Un paso, dos pasos, tres pasos. Empieza a granizar de nuevo...
Francisco Contreras

