Sin percatarme del clima, recordé que en el centro de la ciudad había una cafetería con mesas al aire libre junto al circuito por donde pasaría el desfile de catrinas por el Día de Muertos. Elegí una mesa vacía en la orilla y me senté. Casi enseguida llegó un muchacho con un menú en la mano, que dejó sobre la mesa y me dio las buenas tardes, que le respondió una señora de la mesa de a lado, pidiéndole un vaso con hielo para su refresco.
Al volverlo a ver le pedí un frappé de cajeta, pues había sido una tarde cansada y calurosa. Nada para comer, pues guardaba apetito para un postre más tarde; se me habían antojado unos churros, de otro local.
Una vez solo, abrí la caja de cartón que recibí en una tienda cercana, pues había olvidado algunas cosas para el viaje, entre ellas audífonos, que de todos modos ya debía cambiar, así que los pedí para allá. Eran de esos que dejan descubierto el oído, así que podría seguir escuchando lo que pase a mi alrededor, con música de fondo.
Adentro de la caja de cartón de la tienda en línea venía la del producto, envuelta en plástico que tuve que romper para sacar la pequeña caja de plástico que además de funda es el cargador de los audífonos. Aunque no estaba dejando nada de basura a mi alrededor, la señora del hielo me veía con malos ojos, ni que le hubiera quitado la mesa, ni tenía la culpa de que su nieto estuviera parado gritando a la espera del desfile.
Para colmo, el frappé no llegaba y el cielo comenzaba a nublarse. Extremadamente rápido. En pocos minutos comenzó la lluvia, afortunadamente las mesas tenían sombrillas, y en los costados había plásticos para proteger a los comensales. De la nada empezó a llover más fuerte. Y mi café no llegaba, ni veía al mesero, como para pedirlo para llevar.
Mientras subía la fuerza de la lluvia, la señora del hielo pidió que le bajaran la persiana protectora. Recibió un "lo siento, pero está descompuesta, no podemos bajarla, pero puede cambiar de mesa" como respuesta. No tuvo de otra más que pasarse a una al centro del área, aunque si nieto no alcanzaría a ver mucho.
Mientras esperaba mi frappé, la lluvia subió de tono hasta convertirse en granizo. Mi primer pensamiento fue notar la ironía entre la bebida que esperaba y el hielo que caía ya del cielo. Una bola por acá, una por allá, en el zócalo buscaban resguardarse algunos bajo los árboles, otros bajo sus paraguas.
Al parecer, a las nubes no les agradó la ironía, pues mientras guardaba mis audífonos y el plano de aquella ciudad, que había sacado y desdoblado sobre la mesa para ver nuevos objetivos, dos de esas pequeñas bolas blancas rebotaron en una de las sombrillas del restaurante de a lado, dándome de lleno en la cabeza. Como en el cine, todo se fue a negro.
Francisco Contreras
