Aunque desde afuera los ventanales le daban al lugar un aspecto de café de chinos, por dentro tenía en realidad otra onda, de esas que buscan unir lo hogareño con el negocio, con mesas que parecían desayunador de casa suburbana, con plantas en las esquinas pero cuadros a la venta por más de 10 mil pesos.
Entre que era de las pocas mesas vacías, y por la vista, decidí sentarme junto a la ventana en una mesa para cuatro personas. Poco después llegó una mesera de unos cuarentaytantos con la carta para que viera qué pediría.
Como era de esperarse, tenían lo clásico: americano, capuchino, latte, espresso, lechero y moca. A excepción de un "seltzer", que nunca en la vida había probado, así que decidí arriesgarme. El único entusiasmado con la idea era yo, pues la cara de ella fue más de juicio y decepción por mi decisión.
Mientras esperaba vi pasar por la avenida cientos de coches de todos los tamaños y colores, así como algunos camiones rojos que iban o salían de la estación de bomberos. Recordé el trágico hecho que dio lugar a esa estación. En la esquina casi chocan dos coches que querían pasarse el alto al mismo tiempo, pero uno además dar vuelta a la derecha desde el segundo carril.
Poco después llegó mi café, con la misma mirada de desaprobación, pero ahora con un poco de intriga sobre la cara que haría al probarlo. Lo dejó en la mesa y se fue rápido, para alcanzar a llegar a la barra y quedar de nuevo frente a mí.
Sin más dilación, le di un sorbo a la bebida, las burbujas del agua mineral le daban una textura extraña. Hasta que me llegó el sabor a limón o naranja, contrastando aún más con el sabor del café. En realidad se trata de un refresco de café, pensé durante el segundo trago.
A pesar de que quería ver la cara de la mesera viendo mi reacción, intenté no ser tan obvio, buscando mejor su reflejo en la ventana, cuando vi frente a mí, cruzando la calle, aquel oso polar parado sobre sus patas traseras.
Y no, no era efecto del seltzer, sino que se trataba de un oso polar disecado que adornaba la recepción del edificio frente a mí. Resguardaba la entrada apenas libando la decena de escalones que separaba la puerta de vidrio y el ventanal de la banqueta. EDIFICIO PASQUEL, decía hasta arriba.
Intrigado por aquel oso con una de sus patas a media altura, como sosteniéndose del vidrio, olvidé por completo a la señora juzgadora, preguntándome cómo había llegado hasta ahí y qué significaría, cuál sería su historia.
Para empezar, ni sabía de qué era aquel enigmático edificio con ventanas a los costados, pero al frente solo un muro de piedra como fachada, mucho menos podría saber cómo fue que llegó aquel espécimen a recibir a los visitantes del lugar.
Después llegó a mi pensamiento una duda: ¿qué pensaría aquel oso de mi espresso seltzer? Claro, suponiendo que pudiera hablar, actuara como humano y tomara café, le gustaría o sería más de bebidas calientes y tradicionales, o quizá, por el contrario, optaría por las frías para recordar su tierra natal.
De lo que sí no tuve duda, fue de que aquellas burbujas, flotando entre hielos alrededor del café, combinaban a la perfección con un oso polar como acompañante en la mesa. Bueno, quizá no tanto como lo hubiera sido un frappé, pero tampoco desentonaban mucho.
Para cuando llevaba poco más de medio vaso, decidí que iría a aquel edificio y preguntaría por la historia del oso, al menos para quitarme la duda sobre su origen. En eso me regresó al presente la mesera preguntándome si querría algo más. Por su tono, parecía que llevaba tiempo hablándome.
"Le dejo entonces la cuenta", me dijo cuando escuchó que sería todo. Pues ya, aunque quisiera algo más. Como también comenzaba a nublarse, y no llevaba paraguas, apuré los últimos dos sorbos del café y me dispuse a pagar.
Mientras esperaba el cambio en la caja, volví a mirar el edificio reiterando mi decisión de acercarme a preguntar. Minutos después, y ya que regresó la cajera de conseguir cambio en un comercio cercano, recibí lo que me faltaba y salí del lugar.
Instintivamente, una vez afuera, giré hacia la izquierda y caminé rumbo al Monumento a la Revolución, hasta que al cruzar la avenida, y ya en la acera de enfrente, recordé mi nueva misión, así que me dirigí hacia el edificio.
Caminé por un rato hasta llegar a la otra esquina y nunca encontré el edificio ni el oso, regresé hasta quedar frente a la cafetería, giré hacia atrás, y tampoco, en el lugar estaba un monstruo moderno con condominios, nada parecido al Pasquel.
Sorprendido por todo, volví a cruzar la avenida para regresar al café y ver, desde ahí, si no me estaba perdiendo de algo, quizá en ese punto se alcanzaban a ver otras cosas, qué sé yo. Desde el VIPS, caminé sobre ese lado de la acera, pasé la estación de bomberos y llegué a la funeraria y otra vez la esquina, ahora sin encontrar la cafetería de la que acababa de salir apenas 10 minutos atrás. Me iré, ya qué más me queda.
Francisco Contreras
