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Café espacial - Puras Palabras

Lo que relataré a continuación no puede salir de aquí, pues temo a las consecuencias. No sólo para mí, sino también en tu contra. Eso sí, te prometo que todo lo que leas será cierto, tan real como que mi nombre es Mario Eugenio. Una noche volvía del trabajo durante uno de esos aguaceros tremendos que apenas y te dejan caminar. Recuerdo que había salido tarde por culpa de mi jefe que no paraba de pedirme que le agregara cosas al informe de fin de año. Yo creo que salí unas dos o tres horas más tarde. Pues ahí venía yo caminando desde la parada del camión, ya por adentro de mi colonia, para ir cortando camino y poder llegar a la casa lo menos empapado posible. Como no planeaba salir tan tarde, ni sabía que llovería, y menos a ese grado, no llevaba paraguas. Recuerdo que mientras caminaba, y por la tormenta, no vi a nadie más en la calle durante varias cuadras, que recorrí con una revista sobre la cabeza que al menos me permitiera ver hacia dónde iba, y mi termo con café en la otra mano. ...

Affogato metálico

Vaso con helado de pistache bañado en café espresso y una flor morada encima

 Frente a las rejas del viejo cementerio, dos policías intentaban con todas sus fuerzas impedir que un hombre, vagabundo para algunos, enamorado para otros, rompiera el sello de hierro y entrara a la tumba de su amada.

Ante la vista de una decena de "turistas", los uniformados forcejeaban con el sospechoso mientras algunos hombres lo vitoreaban y otras mujeres les pidieran detenerlo, como si se tratara de algún jugador durante un partido de futbol.

Al menos así me pareció desde donde estaba, pues tras la ventana de la cafetería la escena me parecía un poco ajena y telenovelesca, pues aunque no es muy común ver que alguien intente entrar a la fuerza al panteón (aunque por ahí se dice que algunos mueren por quedarse), los forcejeos entre las jardineras del parque y la reja del panteón contrastaban con los cómodos cojines de las sillas de donde esperaba mi café.

"Sólo tenemos helado de pistache, ¿está bien?", me dijo la mesera cuando le pedí mi bebida, "Sí", le respondí sin prestarle mucha atención mientras afuera parecía la toma de la Bastilla, pues empezaban a juntarse más policías, y espectadores.

Minutos después, llegaron dos camionetas de la Policía de la ciudad, con las luces prendidas de la torreta, pero sin el estridente sonido, muy diferente a como inicio todo, con un policía solitario acercándose a una señora que le hablaba a gritos y su compañero que llegó corriendo desde el otro lado del parque. En una esquina lejana, la moto abandonada de uno de ellos.

Sin darme cuenta, sobre la mesa estaba ya un plato de madera alargado con el helado en un vaso transparente y una pequeña taza de cerámica a un lado con apenas unos sorbos de café. "Debes bañar el helado con el espresso", me dijo la joven volviéndome al aquí y ahora.

No era mi primer affogato, pero tampoco quise parecer grosero con ella, pues igual y no lo hacía con mala intensión. Ya sé que esta bebida en realidad lleva helado de vainilla, pero siempre vale probar cosas nuevas. Digo, además de aquel espectáculo que seguía frente a mi ventana.

Siguiendo la recomendación, eché el café sobre el helado y empecé a probarlo con una pequeña cuchara que hasta ese momento yacía acostada sobre una servilleta en el plato que parecía de esas lanchas rústicas propias de Oceanía. Nada mal, el café amargo hacía una pareja extraña, pero buena, con el sabor del pistache y lo dulce del helado.

Mientras mi boca jugaba con los pequeños granos de pistache remojados en café, a lo lejos uno de los policías esquivaba la mochila que el sospechoso le había lanzado en un intento por escapar. Ya no parecía tan enamorado el hombre. El "pareja" le gritaba desde su lugar alguna amenaza para que dejara de agredirlos, mientras los refuerzos formaban una valla/coro alrededor.

En el otro frente, vecinos y comerciantes de los alrededores seguían apoyando o fustigando al pobre hombre. De pronto, allá fue a volar un ramo con apenas una media docena de flores, estrellándose contra la pared, sin darle a nadie.

Cucharada a cucharada, el helado se iba acabando llevándose consigo el café. Quería pedir otro, pero ya debía irme si quería llegar a tiempo a mi cita. Era al otro lado de la ciudad y el tráfico se adivinaba horrible, pues aparte no tardaría en llover.

De pronto, mientras la joven mesera traía la cuenta, y después la terminal para pagar, preguntándome si me había gustado la combinación, en el parque alcancé a ver que el sospechoso había alcanzado a escapar, corriendo hacia unas jardineras, donde al parecer lograría ser libre.

"Pon tu NIP, por favor", me dijo ella, volteándose hacia la ventana, justo cuando de la nada, la moto abandonada de uno de los primeros policías lograba derribar a aquel hombre enamorado. Al parecer, en la carrera no la vio y fue directo contra ella, cayéndose y tirándola también. "Uy, y yo que apostaba que lo lograba", dijo para sí, dándome a la vez el recibo, y mi tarjeta.

Con ella marchándose de vuelta a la cocina, en el parque todos los uniformados corrieron, como pudieron, en grupo, para alcanzar a agarrarlo antes de que pudiera levantarse. Que no le hubiera sido nada fácil, pues parecía haberse pegado bastante duro. Ahora tendrían que esperar a la ambulancia.

Sin más tiempo que perder, o para perder, agarré mi mochila de la silla y salí de aquella cafetería. En lo que decidía cómo me iría, me detuve en la banqueta, y alcancé a escuchar un par de señoras que se acercaban platicando sobre el caso, diciendo que el hombre enamorado llevaba cuchillo, que en realidad por eso le hablaron a la Policía. Después, hacia el parque, pasó un chavo hablando por teléfono diciendo que habían asaltado a su primo mientras esperaba a su novia en el parque.


Francisco Contreras

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