Con el sonido del silbato del tren a lo lejos, Ricardo daba un sorbo de aquella taza de cerámica con café americano. Le sabía amargo, pero alguien le dijo que nunca debía ponerle azúcar, y él hizo caso religiosamente. Aunque estaba caliente la bebida, tomaba tragos cortos pero frecuentes, casi con ritmo.
Al tercer sorbo notó que comenzaba a beber al ritmo del silbato de aquel largo y pesado ferrocarril del que sólo sabía su presencia por aquel agudo silbido y el traqueteo de las ruedas metálicas. "La vida es buena", pensó por tener aquella bebida entre sus manos.
Aunque hacía sol, se sentía frío de invierno, por lo que le ayudaba tener algo con qué calentarse. Otro trago. Por su mente pasó la idea de ponerle aunque fuera un chorro de leche. "Para mejorar el sabor, darle otro giro", se justificó a sí mismo.
Recordó el nacimiento del americano y la relación del espresso con los trenes. Después, por su mente pasó una escena rápida, de esas que se imagina uno mientras su mente divaga. Pensó estar sentado en el vagón comedor de un lujoso tren de pasajeros. Los manteles rojos colgando de aquellas mesas de madera, con sillas a juego. Silbato. Viste un traje gris oscuro de lana, camisa blanca y una corbata roja. Silbato. Sus amigos le hacen bromas por eso, que se vistió como el tren, le dicen. No le importa, se siente feliz.
Los acompaña en las risas, dispersos en varias mesas de aquel comedor. La comida ya acabó pero están en la sobremesa, pues aún les falta por llegar a su destino, sea cual sea. Beben café en tazas de porcelana delgada, blancas y con un filo plateado en el borde. Americano. Negro. Entre risas, lo acompañan fumando puros. Es la época en que todavía se podía hacer eso. Ricardo vive la gran vida.
Y sabe que vive la gran vida no por los amigos, ni por el café, ni por fumar en un tren, sino porque sabe que al dar la vuelta en la siguiente curva el tren pasará estará cerca la Prisión Estatal de Folsom. Sin querer, viene a su mente Johnny Cash tras algún muro de piedra pensando en aquella vez en Reno.
Le da la razón en que su mayor deseo ahora es alejarse lo más que pueda de aquella prisión en ese tren. Siente que aquel silbato le da libertad. Puede seguir fumando, bromeando con sus amigos, y bebiendo café, tanto como lo desee. ¿Por qué no? con tanta azúcar, leche y con todo lo que desee ponerle.
Como en la canción, siente que aquel silbato se lleva su tristeza conforme se aleja de Folsom. Pero él no va para San Antonio, ni está en California, ni viste traje ni está en un tren. De golpe, la realidad lo llama desde lo más profundo de una oficina llena de escritorios con pilas de papeles, monitores de computadoras que viéndolos desde donde está le asemejan lápidas tristes y abandonadas.
Su taza aún guarda uno o dos tragos de café, pero a lo lejos le habla el trabajo. El jefe quiere hacer otra junta, porque las que han tenido ese día, hasta esa hora, no han sido suficientes. Se siente dividido entre cumplir con el deber, o ceder ante el canto de la sirena que lo llama con voz de silbato de tren.
Ricardo sabe bien que no está en un tren cerca de Folsom, que su americano no es del vagón comedor, y que en realidad no lo llama aquel ferrocarril. Sin embargo, ya no puede seguir con su vida como hasta ahora, no puede con otra junta, con otro pendiente de su jefe. No está tan seguro de no estar en prisión. Ya no puede. Ya no quiere.
Su taza ya está vacía. El fondo lo llama, reclamándole aquel estado de abandono. Atrás de él sigue el llamado de su jefe, de su equipo. Su decisión ya está tomada. La taza vacía cae hacia el vacío de aquella escalera de emergencia donde los empleados van a fumar. Se rompe la oreja al golpear con el barandal metálico.
Francisco Contreras
