Ir al contenido principal

Café espacial - Puras Palabras

Lo que relataré a continuación no puede salir de aquí, pues temo a las consecuencias. No sólo para mí, sino también en tu contra. Eso sí, te prometo que todo lo que leas será cierto, tan real como que mi nombre es Mario Eugenio. Una noche volvía del trabajo durante uno de esos aguaceros tremendos que apenas y te dejan caminar. Recuerdo que había salido tarde por culpa de mi jefe que no paraba de pedirme que le agregara cosas al informe de fin de año. Yo creo que salí unas dos o tres horas más tarde. Pues ahí venía yo caminando desde la parada del camión, ya por adentro de mi colonia, para ir cortando camino y poder llegar a la casa lo menos empapado posible. Como no planeaba salir tan tarde, ni sabía que llovería, y menos a ese grado, no llevaba paraguas. Recuerdo que mientras caminaba, y por la tormenta, no vi a nadie más en la calle durante varias cuadras, que recorrí con una revista sobre la cabeza que al menos me permitiera ver hacia dónde iba, y mi termo con café en la otra mano. ...

Americano de prisión


 Con el sonido del silbato del tren a lo lejos, Ricardo daba un sorbo de aquella taza de cerámica con café americano. Le sabía amargo, pero alguien le dijo que nunca debía ponerle azúcar, y él hizo caso religiosamente. Aunque estaba caliente la bebida, tomaba tragos cortos pero frecuentes, casi con ritmo.

Al tercer sorbo notó que comenzaba a beber al ritmo del silbato de aquel largo y pesado ferrocarril del que sólo sabía su presencia por aquel agudo silbido y el traqueteo de las ruedas metálicas. "La vida es buena", pensó por tener aquella bebida entre sus manos.

Aunque hacía sol, se sentía frío de invierno, por lo que le ayudaba tener algo con qué calentarse. Otro trago. Por su mente pasó la idea de ponerle aunque fuera un chorro de leche. "Para mejorar el sabor, darle otro giro", se justificó a sí mismo.

Recordó el nacimiento del americano y la relación del espresso con los trenes. Después, por su mente pasó una escena rápida, de esas que se imagina uno mientras su mente divaga. Pensó estar sentado en el vagón comedor de un lujoso tren de pasajeros. Los manteles rojos colgando de aquellas mesas de madera, con sillas a juego. Silbato. Viste un traje gris oscuro de lana, camisa blanca y una corbata roja. Silbato. Sus amigos le hacen bromas por eso, que se vistió como el tren, le dicen. No le importa, se siente feliz.

Los acompaña en las risas, dispersos en varias mesas de aquel comedor. La comida ya acabó pero están en la sobremesa, pues aún les falta por llegar a su destino, sea cual sea. Beben café en tazas de porcelana delgada, blancas y con un filo plateado en el borde. Americano. Negro. Entre risas, lo acompañan fumando puros. Es la época en que todavía se podía hacer eso. Ricardo vive la gran vida.

Y sabe que vive la gran vida no por los amigos, ni por el café, ni por fumar en un tren, sino porque sabe que al dar la vuelta en la siguiente curva el tren pasará estará cerca la Prisión Estatal de Folsom. Sin querer, viene a su mente Johnny Cash tras algún muro de piedra pensando en aquella vez en Reno.

Le da la razón en que su mayor deseo ahora es alejarse lo más que pueda de aquella prisión en ese tren. Siente que aquel silbato le da libertad. Puede seguir fumando, bromeando con sus amigos, y bebiendo café, tanto como lo desee. ¿Por qué no? con tanta azúcar, leche y con todo lo que desee ponerle.

Como en la canción, siente que aquel silbato se lleva su tristeza conforme se aleja de Folsom. Pero él no va para San Antonio, ni está en California, ni viste traje ni está en un tren. De golpe, la realidad lo llama desde lo más profundo de una oficina llena de escritorios con pilas de papeles, monitores de computadoras que viéndolos desde donde está le asemejan lápidas tristes y abandonadas.

Su taza aún guarda uno o dos tragos de café, pero a lo lejos le habla el trabajo. El jefe quiere hacer otra junta, porque las que han tenido ese día, hasta esa hora, no han sido suficientes. Se siente dividido entre cumplir con el deber, o ceder ante el canto de la sirena que lo llama con voz de silbato de tren.

Ricardo sabe bien que no está en un tren cerca de Folsom, que su americano no es del vagón comedor, y que en realidad no lo llama aquel ferrocarril. Sin embargo, ya no puede seguir con su vida como hasta ahora, no puede con otra junta, con otro pendiente de su jefe. No está tan seguro de no estar en prisión. Ya no puede. Ya no quiere.

Su taza ya está vacía. El fondo lo llama, reclamándole aquel estado de abandono. Atrás de él sigue el llamado de su jefe, de su equipo. Su decisión ya está tomada. La taza vacía cae hacia el vacío de aquella escalera de emergencia donde los empleados van a fumar. Se rompe la oreja al golpear con el barandal metálico.


Francisco Contreras

Entradas populares de este blog

Callé de olla nuevo

Año Nuevo me recuerda a mi abuela, Gisela, sí que le gustaba festejarlo. Pero no solo por eso, sino por dos costumbres que tenía y que volvían loca a la familia. La primera era su delicioso café de olla. Lo preparaba en una olla de barro que le regalaron de quién sabe dónde. Solo lo hacía ahí en Año Nuevo y funerales; el resto del tiempo, cuando estaba feliz, en su pocillo. La otra era que siempre hacía el aseo de la casa el 23 de diciembre, porque del 24 al 2 de enero acostumbraba esconder las escobas. Obviamente era muy difícil mantener limpio tanto tiempo, y más con tanta gente entrando y saliendo. Pero así como no permitía sacar sus escobas, tampoco que llevaran otras. Lo más que dejó a sus hijas fue pasar el trapeador con una jerga para recoger el polvo. Y aparte, para Navidad le gustaba romper piñata. Alguna vez me contó que en Suecia, o Noruega, allá en Europa, esconden las escobas en Nochebuena para que las brujas no puedan llevarse a los niños. Se lo contó un amigo de su papá,...

Café común

La felicidad de Jaime por haber alcanzado un lugar donde sentarse en el camión iba desapareciendo mientras veía a través de la ventana. Pero no por culpa de las decenas de autos alrededor, la lluvia que sabía lo empaparía al bajarse, o que esa vez tardaría más en llegar a casa por el tráfico. No, era por el recuerdo de Beatriz, su Bea. Ya la había perdido, pero recordaba, por ejemplo, cuando la conoció. Ese día él acudió a una conferencia sobre monocordios en la Universidad Panamericana, donde ella estudiaba Estudios Latinoamericanos. La invitó a tomar algo en una cafetería que se veía cara desde la entrada. Al principio le preocupaba no estar a la altura, o más bien que su cartera no lo estuviera, pero ella lo tranquilizó contándole que su papá tenía dinero, que le invitaba. “Un macchiato con su grano de café más caro”, respondió él con una sonrisa, a la que ella correspondió. Sin embargo, lo que más recuerda de esa semana, fue cuando ella le confesó su interés en él: “Quiero vivir co...

Lluvioso café

Con el concreto mojado bajo sus pies, Manuel recorrió la calle donde vivía, buscando una cafetería abierta. Eran casi las 11 de la noche y apenas había bajado la lluvia lo suficiente para dejarlo salir del edificio. Le urgía tomar algo, reencontrarse tras un día pesado, revivir. Y no era adicto a la cafeína ni mucho menos, aunque hubiera quienes se lo dijeran a veces. Pero es que hay algo en algunas personas en quienes el café no es ese elemento exaltador y acelerador, sino un calmante. Para él a veces se le asemejaba el meterse en una cama con las sábanas y pijama limpias, después de un baño nocturno, y dormir. Mientras sus botas golpeaban el suelo encharcado, la humedad subía por las piernas del pantalón, y de los hombros bajaban algunas gotas, como escurría el agua del paraguas que llevaba a medio cerrar en una mano. La luz de las lámparas de la cuadra iluminaba su camino, bajo los haces que escapaban de las ventanas cerradas de las casas y edificios que lo rodeaban. En cierta forma...