Para Enrique, el espresso siempre había sido una bebida de adultos, pero no solo de aquellos que pagan sus cuentas, cumplen con sus responsabilidades y van a trabajar. Era una bebida de adultos reales, como el jefe de área de alguna empresa, el director general o el dueño.
Incluso, se imaginaba caminando por sus dominios con un pequeño vaso en la mano mientras supervisaba todo. Aunque eso sí, algunas veces se preguntaba cómo hacían para que ese brebaje de dos tragos les dudada más de 10 minutos, y sin tener que esta compre y compre.
Ese martes, pensaba en eso mientras el director general caminaba hacia la sala de juntas donde estaban él y sus compañeros. Al parecer recibirían algún regaño por la baja productividad, o algo así. Desde lejos lo vio caminando con su vaso de cartón blanco en una mano, que extrañamente hacía juego con su suéter de lana gris, camisa a cuadros, pantalón negro y botines.
Se preguntaba cómo no se quemaba la mano, pues el vaso apenas y sobresalía de entre sus dedos. Y al parecer er al único que le importaba, pues un grito de su jefe lo volvió a la realidad. Al presente que ocurría entre las paredes de cristal de la sala de juntas, sobre el largo escritorio en el que al otro extremo estaba su jefe, quien al parecer le ordenaba poner atención.
Aquella prereunión era demasiado tediosa, encaminada a que todos aceptaran religiosamente lo que en segundos comandaría el “jefe espresso”, lo que desde ya la hacía redundante. Justo entonces el director general se detuvo a un metro de la sala. A su izquierda llegó un hombre de traje café, camisa beige y corbata roja para darle un folder.
Sin pensarlo, aquel jefe abrió el folder y empezó a leer los papeles que contenía en un movimiento orgánico que antes incluyó mover el brazo a su derecha y dio el pequeño vaso a un joven que apareció de la nada. Él también vestía un traje café, pero más oscuro, casi gris, con camisa blanca y corbata roja. Contadores, pensé.
Y mientras entraban los tres a la sala de regaños, Enrique se preguntó si se habrían puesto de acuerdo con los colores y las corbatas, o si les salió natural. “No me gusta llegar así, pero es necesario. Estamos en el hoyo, llevamos varios meses en el último lugar” decía el DG enojado, con su vaso sobre la mesa, enfriándose y reaccionando a los golpes que le daba a aquel tablón de madera.
Entonces le llegó de golpe. Aquellos sujetos lo hacían el Mister Espresso Macchiato. No tan conocida, es una canción del festival Eurovisión, de un artista de Estonia que en el video sale, él mismo, con ambos trajes bailando mientras canta:
“Mi amoreMi amoreEspresso macchiato, macchiato, macchiatoPor favorePor favoreEspresso macchiato corneo”
Mal momento, pésimo, para que aquella pegajosa canción se le viniera a la mente. De hecho, mal momento para pensar en algo más que aquel regaño del que no iba a salir nada, porque todo seguirá igual. Pero al menos hay buenas intenciones.
Aunque lo peor, fue haberlo dicho en voz alta, pues no pasaron ni cinco minutos de que terminó la junta, cuando la encargada de Recursos Humanos ya le estaba hablando de su escritorio. No le importó que estuvieran a más de cinco metros, la idea era que todos supieran lo que ocurriría.
Después de pedirle que se sentara en la silla frente a ella, le dijo que hablarían sobre lo que ocurrió antes, como si él ya no se acordara, ni lo supusiera, llevándolo después a la sala de juntas, la misma, donde ha lo esperaban otros de RRHH, su jefe, el director, el contador, el de vigilancia, la de limpieza y hasta el del estacionamiento. Al parecer sería un juicio sumario en su contra.
Ahí se pasaron dos horas, una más de su horario de trabajo, pero supuso que no se la tomarían como tiempo extra. En ese tiempo le reclamaron el desplante al jefe, la falta de productividad de toda la empresa, y hasta un grafiti que alguien pintó en la fachada del edificio meses antes de que él entrara a trabajar ahí, y que por alguna razón no han intentado borrar.
Al final, cuando el director se había terminado el espresso que pidió que le llevaran para aquel juicio, y como ya se había aburrido, acabó todo con que “no soy vengativo y creo en las segundas oportunidades, y como además has sido hasta ahora un elemento aceptable, solicito que quede en un acta, pero que no se te dé de baja”. “Sí podría haber descuento de medio día”, respondió a la zalamería de la de Recursos.
Ya en su casa, por la tarde volvió a recordar la canción, que parecía haber regresado para atormentarlo. También el coraje por aquel juicio pedido por el director solo para hacerlo sufrir, según le dijo al final la misma mujer de RRHH, como para limar asperezas.
Con aquella música en la cabeza, decidió probar aquella bebida de “adultos”. Recordando que tenía algo “para cuando fuera jefe”, fue a la cocina y sacó del cajón su vaso de cerámica para espresso. Después se dirigió a la salida, donde pensó en que la cafetería está algo lejos y se sentía cansando por aquel día pesado.
Aún así iría, pero lo haría en su patineta para no cansarse tanto. La agarró de a un lado del sillón, metió su vaso en la bolsa de la chamarra, y salió a la calle. En tres patadas estuvo afuera de aquella pequeña cafetería. Sin dudarlo, pidió un espresso a la barista. “Sencillo o doble”. Como los helados, dijo para sí mismo, lo que también le daba una idea de cómo lo hacían durar tanto. “Doble”, respondió.
Sin saber de qué le hablaban, dijo que no lo quería cortado. Después, que era para llevar, pero que llevaba su vaso, “para ser ecológicos”. Poco más tarde, la chica le dio aquella pequeña maceta con la bebida, a lo que él respondió con un gracias acompañado de “antes pensaba que estos vasitos eran era pa los niños, como menú infantil”, recibiendo por respuesta la sonrisa incómoda de ella.
Con aquella señal de que era momento de partir, volvió a poner la patineta en el piso y subió el pie derecho, notando apenas que tendría que ir muy despacio, o caminando, para no derramar nada. La segunda opción no era viable, si no quería pasar vergüenzas y regresar otro día.
Dio un sorbo al café, que le quemó la lengua, y dándose impulso arrancó, logrando subir después el otro pie a la tabla. Apenas media cuadra después, sintió que unas gotas salían del vaso y le quemaban la mano, pero no era para tanto. Siguió hasta que se quedó sin impulso, volvió a bajar el pie y “se dio pata”.
Cuando se acercaba a la esquina, escuchó unos gritos, como si alguien le hablara. Volteó a su derecha y vio, tras un coche, a un borracho que luego anda por la zona con su caguama en la mano. “Bravo, muy bien”, le gritaba mientras aplaudía, con la cerveza sobre el cofre del coche. Pensó en lo curioso que era recibir apoyo donde menos se esperaba. Volvió a impulsarse y siguió, no sin antes darle las gracias.
Francisco Contreras
