Alejado del ruido del exterior, en el patio de un edificio antiguo, de esos de paredes gruesas, inamovibles, esperaba entre macetas con helechos y mesas blancas con sillas tipo Eames a juego, rematadas con cojines de colores, esperaba impaciente mi café. Caminé por varias cuadras para llegar justo a ese punto de la ciudad.
En realidad, el sitio no era tan diferente a cualquier cafetería de especialidad de las que han ido surgiendo como si fueran OXXOs, pero por ahí se rumoraba que tenían muy buen grano, buena mano y bastante expertise en los filtrados.
Decía un amigo que, "para quien no conoce de café, filtrado significa que no tienen para comprar una cafetera y de paso aprovechan para cobrar más". Decía, al menos, hasta la última vez que hablé con él, porque sobre el tema, un punto de referencia suyo era que todo el café sabe igual, sin importar cómo se prepare.
En fin, que desde que me desperté en la mañana mi propósito del día, sin misiones secundarias, era venir después de la comida a disfrutar de un filtrado origami. Para hoy me hice a la idea de que podría recibir alguna mirada juzgante por parte del barista, aunque para mi tranquilidad el patio con las mesas queda un poco retirado de la barra y no podrá verme. El mesero ya es otra cosa.
Desde que entré, porque la barra con la caja están en el pasillo que va de la puerta a la escalera hacia los departamentos de los pisos superiores, pedí mi origami con su grano de "selección del barista". En realidad no pregunté, pero me imagino que alrededor de aquellos granos habrá ocurrido algo similar a la historia de Chihiro, o quizá cerca viva algún pariente de Totoro. Eso sí, para mí que fueron traídos en un Gatobús.
Extrañamente para mi experiencia, de fondo sonaba música pop francesa, de esa que más que pensar en las figuras de papel doblado evocan más a la Bastilla, el existencialismo y, sí, aquel latte sentado en una mesa sobre la banqueta de un café parisino donde se escucha igual sobre literatura que la semana de la moda, de la baguette a la guillotina.
A pocos metros de mí, entre las hojas de un helecho, podía ver una mano flotante agarrando una tetera bailando en círculos sobre un cono color naranja que poco a poco dejaba caer café sobre una taza de vidrio transparente. De cuando en cuando la tetera parecía descansar elevando el cuello para cortar el flujo de agua, volviendo después a dar círculos sobre aquel colorido cono del que sobresalía un filtro de papel.
Mientras veía la escena, no pude, sino pensar en lo curioso que era la coincidencia entre aquel baile y lo fácil de conseguir ya un café de estos, cuando al inicio el origami pertenecía solo a la nobleza, cuya práctica tenía relegada únicamente a sus ceremonias.
Poco después, conforme el muchacho de delantal oscuro caminaba hacia mí, saliendo de aquel pasillo semioscuro para traerme la taza, recordé algo que me pasó mientras venía hacia acá:
Sin querer, ya estaba, taza en mano, a la entrada de un pasillo oscuro pero con una luz al otro lado. Atraído por la curiosidad, me adentré en aquel espacio que empezaba en una puerta de vidrio con dos ventanales a los lados, a través del cual dos pequeños árboles podían ver hacia la calle, para no perderse la vida de afuera.
Pasando el recibidor, estaba una escalera a cada lado, pues al parecer por donde caminaba era el espacio común entre cuatro edificios de un complejo residencial. Me detenía para tomar de la taza, decidiendo si seguir avanzando o regresar afuera. Dio otros dos pasos y llegué a la entrada de lo que parecía un pequeño restaurante a mi izquierda, de esos que es más cocina que mesas, mientras a mi derecha había una tienda minúscula.
Más adelante, conforme seguía caminando, y bebiendo, apareció otro restaurante, pero este era de pura comida japonesa, sushi, ramen, takoyaki. Su menú también ofrecía algunas bebidas tradicionales, según entendí, aunque estaba en idioma nipón. Al parecer, sus dueños, y quienes atendían, eran originarios de allá.
Por un momento me sentí tentado a sentarme y comer algo, pero se me hizo raro sentarme con una taza de café de otro lugar. Más raro aún que andar caminando por un lugar desconocido, privado, con una taza en la mano.
Al fondo del pasillo perpendicular al mío, aún más oscuro, había una señora, con ojos penetrantes pero iluminados, que veía insistente esperándome a decidir si me sentaba o no. Pensé en hacerlo, pero algo me sacó de ahí. Inmediatamente después salía de una recepción similar a aquella por donde entré, aunque daba hacia otra calle, era el otro extremo. ¿Y la taza que traía en la mano, dónde quedó?
Una vez afuera de aquella entrada de vidrio volteé a ver el pasillo, pero no se alcanzaba a ver nada, solo una pared con un espejo que me reflejaba. A mí, parado en la banqueta, y mi cara de duda. Parecía como si al entrar minutos atrás, ¿o quizá horas?, se hubiera desdoblado un pasillo que esperaba a que alguien lo visitara. Quizá más que origami era como esos libros de pop-up de los que se levanta un diorama al cambiar de página, pues en todo ese espacio sólo recuerdo haber visto a aquella extraña señora.
Francisco Contreras
