Bajo la punta de mi índice, empieza a bajar el émbolo. Lento. Lento, pero seguro, decía una maestra de primaria. Poco a poco baja hacia la cúpula metálica de la vieja prensa francesa.
Conforme baja aquel émbolo metálico, lo hace también la rejilla circular, sumergiéndose en el agua. Un segundo, dos, tres, cinco. Suena la alerta sísmica. Es un simulacro, recuerdo.
Vaya, un año más que pasa. El émbolo sigue bajando y del agua salen varias burbujas, aquel líquido entre ámbar y café oscuro se agita, quizá voy muy rápido.
Aquellas ondas en el agua me recuerdan ese martes. El del 17. El café en mi taza se movía sobre el escritorio de la sala de juntas, aún antes de que sonara la alerta. Nos sorprendió hablando del simulacro de esa mañana.
Mientras se movía el café en mi taza, la redacción se fue vaciando, las paredes se movían como llevándonos hacia afuera; del techo caía polvo, como si quisiera darnos un recuerdo.
Mi taza se quedó ahí, pobre, sola, hasta que se enfrió aquella bebida esperándome. Mientras, yo abajo, entre un mar de gente, la necesitaba. Alguien por ahí dijo alguna vez que era la calma envuelta en cerámica.
En la calle, lo primero es pensar un plan de acción, ver que la familia esté bien, contabilizar los recursos, y empezar a pensar en encabezados. Al mismo tiempo, recibir los saldos.
Esos saldos. Cifras que en una redacción te ayudarán a informar, a tener qué llevarle a aquellos que necesitarán una "visión" de otras partes, que les ayude a encontrar a alguien perdido, o a ver que no les fue tan mal.
Esas cifras que desde atrás de un teclado, una pantalla, no puedes, no debes, acariciar con las manos, sino siempre tocar con pinzas y guantes, o no pasarás del día, te tragarán de una pieza.
Sirvo el café de la prensa a mi taza, la misma taza, caigo en cuenta. Tras el cristal de la prensa, queda la borra, que si dejo secar ahí se verán como pequeñas piedras cafés. No puedo evitar pensar en aquellas casas que cedieron ante el terremoto. Aquellas paredes que una vez protegieron a sus inquilinos, traicionándolos.
Parte de los saldos, parte de aquella estampa que se publicaría esa tarde, esa noche y a los días siguientes, con testimonios de quienes lo vivieron y lo sufrieron en carne propia y ajena, familiar.
Todos se parecen, tanto los del 7 como los del 19 y los del 19 pero del 85. Pero a la vez son tan diferentes. Como el café, diría un barista cualquier otro día.
Sin embargo, ahora no queda más que recordar y prepararse entre los ecos de quienes ya no pueden hacerlo.
Entre sorbos recuerdo aquellas avenidas custodiadas por edificios agrietados, ventanas rotas y libreros a punto de caer al vacío. Tan lejos de la redacción, pero a la vez tan cerca. Tiene que estar cerca, porque eso nos pasó a todos, porque, irremediablemente, es parte de nuestra historia, nuestra cultura.
Casi vacía, aquella taza de cerámica grisácea vuelve a quedar sobre la mesa. Como cada 19, y casi todo septiembre, esperando que no vuelva a sonar la alerta.
Francisco Contreras
