Con repiqueteo similar a un reloj, sus tacones avanzaban sobre el pasillo. La alfombra casi amortizaba el golpeteo, que aún se escuchaba por lo vacío del piso de aquella oficina. Pasaba la medianoche y ella seguía ahí terminando aquel informe mensual.
Luego de recorrer la mitad de aquel alto piso del rascacielos de moda, Andrea se metió en su cubículo esperando poder terminar pronto, pues no tendría tanto tiempo para descansar antes de tener que regresar a esa oficina a las 9 de la mañana para la presentación del balance de los últimos 30 días, al que acudirían los directivos más altos, con el presidente de la compañía.
Entre las teclas de su computadora, a lo lejos se escuchaban los susurros que desprendía una de las pantallas con las que monitoreaban los medios los del equipo de Redes Sociales. Las primeras veces que se quedó tan tarde, sí le dio un poco de miedo, pues de la nada escuchaba las risas de los conductores en algún infomercial, pero después se fue acostumbrando, e incluso algunas ocasiones les baja el volumen o las apaga para no gastar electricidad. Aunque a veces, como en esta ocasión, está tan cansada que no puede ir hasta allá a hacerlo.
Como lo ha hecho en las últimas 10 horas, se traslada entre programas con ayuda del mouse para copiar los datos entre un archivo y otro, formando la base de datos de la que al final sacará los gráficos que presentará en la junta de la mañana. justo hace un mes bromeó con una compañera sobre que se sentía una Sísifo moderna por tener que hacer lo mismo siempre, de la misma forma y prácticamente las mismas veces. Una y otra vez.
En esta ocasión, sus pensamientos iban más hacia el por qué no se le ha ocurrido algún método para agilizar el proceso, como un atajo mágico que la ayudara. En eso, escuchó un zumbido mecánico que la hizo saltar en su asiento. Copiar, cambiar de programa, pegar. "¿Qué fue eso?", pensó sin despegar los ojos de la pantalla. Ah, sí, que puse a hacer café.
Instintivamente, volteó hacia la máquina de cápsulas Nespresso para ver cuando terminara de preparar su bebida, sin poder acordarse de qué le había puesto. Un minuto después estaba listo su espresso. Sin pensarlo dos veces, se levantó del escritorio y caminó los cinco pasos que la separaban de la pequeña mesa junto al sillón que tenía de espaldas a la ventana de su oficina.
Mecánicamente, agarró la taza de cerámica de abajo de la salida de la cafetera metálica y regresó a su silla. Una vez ahí, se la llevó a la boca y con cuidado le dio un sorbo, intentando no quemarse la lengua. Estaba caliente, pero pensó que era algo bueno porque de repente empezó a sentirse mucho frío en aquella oficina. "Han de haber subido el aire acondicionado".
Sintió que no tenía sabor la bebida, "quizá por lo caliente", así que decidió darle otro sorbo, esta vez más grande para saborear su bebida. Nada, pareciera agua sola. "¿Sí le puse cápsula?", se dijo recordando una vez que, por las prisas, dejó aquel pequeño triángulo de aluminio sobre el sillón y encendió la máquina para sólo hervir una taza de agua, que luego usó para preparar té.
"No", no le puse, dijo en voz alta después de recordar a medio pegado de uno de los datos de ventas de la segunda quincena del mes. Repitió el proceso con otro campo para darse cuenta de que ni siquiera recordaba haber encendido la cafetera. ¿Podría estar equivocada? Sí, aunque estaba muy segura de que no, pues incluso la había desconectado por recomendación del encargado de Seguridad del edificio, quien le recordó que al día siguiente, a las 7 de la mañana, desconectarían la luz para conectar la planta de emergencia y comprobar que funcionara, como hacían cada seis meses.
De pronto, a lo lejos se escuchó un silbido. Estaba segura de que el viento se había colado por alguna ventana abierta, pero sintió cómo un escalofrío le recorrió la espalda. Ahora el agua de la taza estaba fría. Por un par de minutos se dijo débil por querer irse de ahí, pero algo la impulsaba a salir corriendo. Pensó en lo extraño que era esa energía que sentía para correr, como si se hubiera tomado el café, aunque no pudo hacerlo. Por que no, no había manera de que ella hubiera encendido la cafetera, si la taza la puso ahí porque no tenía otro lugar, y por comodidad, solamente.
"Sí necesitaba el café, pero pues no así", se dijo a sí misma, recordando que ni siquiera le tocó café. Entre más lo pensaba, menos podía seguir ahí, y como ni siquiera podía trabajar por estar pensando, guardó en la nube sus documentos y apagó la computadora.
Seguiría trabajando en su casa, al fin que ya le faltaba poco, y así podría descansar un poco antes de tener que regresar a la oficina a la presentación. Sin checar si cerró o no el cubículo, caminó con rapidez el largo pasillo que la separaba de los elevadores. Sentía que algo la seguía, pero no se atrevió a voltear. Pasó por el escritorio de la recepción y sólo se despidió del vigilante, sin detenerse a platicar como siempre. Apretó una, dos, tres veces el botón para bajar. Mientras se abría la puerta, vino a su mente lo mucho que se parecía ese botón al de su Nespresso.
Feliz Día del Café
Francisco Contreras
