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Café espacial - Puras Palabras

Lo que relataré a continuación no puede salir de aquí, pues temo a las consecuencias. No sólo para mí, sino también en tu contra. Eso sí, te prometo que todo lo que leas será cierto, tan real como que mi nombre es Mario Eugenio. Una noche volvía del trabajo durante uno de esos aguaceros tremendos que apenas y te dejan caminar. Recuerdo que había salido tarde por culpa de mi jefe que no paraba de pedirme que le agregara cosas al informe de fin de año. Yo creo que salí unas dos o tres horas más tarde. Pues ahí venía yo caminando desde la parada del camión, ya por adentro de mi colonia, para ir cortando camino y poder llegar a la casa lo menos empapado posible. Como no planeaba salir tan tarde, ni sabía que llovería, y menos a ese grado, no llevaba paraguas. Recuerdo que mientras caminaba, y por la tormenta, no vi a nadie más en la calle durante varias cuadras, que recorrí con una revista sobre la cabeza que al menos me permitiera ver hacia dónde iba, y mi termo con café en la otra mano. ...

Extraña percoladora



 Como si se tratara de un ritual de madrugada, la taza de porcelana gris se acercaba al pequeño grifo que salía de la percoladora de aquella fría y solitaria oficina. Bueno, fría y solitaria a esas horas de la noche/madrugada, pues en el día hervía de empleados corriendo de un lado a otro.

Al igual que cada jornada de Eberto, la taza se llenó rápidamente, casi como se vaciaba, pero el trabajador nocturno no quería llevar termo porque no le gustaba el sabor metálico que adquiría su café. Como si le diera tiempo de saberse a algo más que a ese brebaje áspero y caliente que salía de aquella cafetera, que nadie podía recordar cuántas cargas llevaba en su historial entre cada lavada.

Y también como ya le era costumbre, después de servirse, darle un trago y echarle azúcar para enmascarar lo lodoso de cargado que lo hacían ahí, volvió a su escritorio a continuar con sus tareas diarias. A esas tablas de Excel llenas de números malos que zumban entre columnas, en vez de dejarse analizar por él.

De pronto da la hora que tanto esperaba, el repartidor llegó con su cena, que ya casi desayuno. Ahora sólo tiene que meterse al elevador y bajar a la entrada de aquel edificio de oficinas. Se encamina por el pasillo alfombrado del piso en que ha laborado ya por algunos meses. Piensa en que el de vigilancia le dirá que llegará por él el "bajador", y no el elevador. A veces le hace gracia, alguna vez lo hizo.

Apenas un par de minutos de caminata, llega a la puerta transparente que divide la zona de elevadores de la favela de cubículos que en ese momento luce vacía. Se asoma al recibidor pero no ve al vigilante. Por la hora tiene que pasarle la tarjeta desde afuera, pues la suya no funciona.

Espera que no se tarde mucho, el repartidor no está tan cerca, pero tampoco tan lejos de ahí. Pasan varios minutos y se va impacientando como el motociclista se va acercando. Pero aquel bromista no aparece en su lugar. "Solo falta que haya ido al baño y el de aquí lo estén lavando", se dice a sí mismo, pues quién lo va a oír.

Luego de un rato, recuerda que cada cierto tiempo tiene que hacer el rondín por el piso. Decide ir a buscarlo, pues el repartidor ya está abajo esperando. "Tú y yo, mi buen". Por ser diestro, decide ir primero a la derecha del piso, al fin que desde adentro se puede recorrer todo como en un círculo.

Camina y camina tras la idea de hallar al vigilante mientras siente que alguien va tras él. Bromea imaginando, como en las caricaturas, que él va detrás buscándolo. Sigue el recorrido.

Como de costumbre, Eberto acerca la taza fría al pico de la percoladora, porque a veces se imagina que es un gran ave que toma de su taza, en vez de que sea al revés. No tarda mucho en llenarse aquel pequeño pozo de porcelana. Le da un sorbo, Baja la taza para ponerle azúcar.

En eso, recuerda de golpe que él estaba buscando al vigilante, que el repartidor lo esperaba abajo y que ya había tomado una taza hace no tanto tiempo. De pronto, el sabor amargo de ese café le parece nada comparado con la sensación de que alguien lo está viendo desde el final del pequeño pasillo que daba a la cocineta. Voltea rápidamente pero no hay nadie. Duda si asomarse o no, pues podría ser aquel a quien busca.

Sin otra, va hacia allá, pero ahora siente las miradas desde el otro extremo. Con la taza aún en la mano, y sin tener a qué volver a la cocineta, echa a andar para completar el circuito por el piso. Aquella visita inesperaba va tras él. No la ve pero siente cómo se le eriza la piel de la nuca. No quiere voltear.

Mientras camina siente que tira el café a su paso, decide tomárselo mientras camina, pero al llevarse la taza a la boca, la nota vacía. Falta poco para la puerta, puede lograrlo.

Lo logra, llega a la entrada que da a los elevadores pero sigue sin estar ahí el vigilante. Pensando que podría estar del otro lado del piso, sigue el circuito hasta el otro lado. Mientras avanza le llegan de golpe varios mensajes a su celular, el repartidor está enojado, pregunta si bajará. Cancela.

Ahora no tiene de otra más que cenar alguna galleta que encuentre en la máquina de la cocineta. Pero tendrá que regresar a donde estaba su "compañero" invisible. Quizá después, cuando le vuelva el hambre. Mejor se va a su escritorio. Una vez ahí, se sienta y deja la taza donde siempre. Extrañamente, la nota casi llena, cuando antes estaba vacía. ¿Qué habrá pasado?

Le da un sorbo, se quema con el café caliente, como si acabara de salir de la cafetera percoladora. ¿Qué rayos? En eso, de la nada aparece el vigilante, diciéndole que no se acabe el café porque si no no cenará.

Contrariado, intenta contarle todo lo que pasó cuando nota que aquel señor de casi sesenta años trae colgando de una de sus manos una bolsa café de cartón, que le extiende comentándole que un repartidor había preguntado por él. Que incluso subió y que le hablaron pero no lo habían encontrado. "¿Pues dónde se metió, joven?".


Francisco Contreras

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