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Café espacial - Puras Palabras

Lo que relataré a continuación no puede salir de aquí, pues temo a las consecuencias. No sólo para mí, sino también en tu contra. Eso sí, te prometo que todo lo que leas será cierto, tan real como que mi nombre es Mario Eugenio. Una noche volvía del trabajo durante uno de esos aguaceros tremendos que apenas y te dejan caminar. Recuerdo que había salido tarde por culpa de mi jefe que no paraba de pedirme que le agregara cosas al informe de fin de año. Yo creo que salí unas dos o tres horas más tarde. Pues ahí venía yo caminando desde la parada del camión, ya por adentro de mi colonia, para ir cortando camino y poder llegar a la casa lo menos empapado posible. Como no planeaba salir tan tarde, ni sabía que llovería, y menos a ese grado, no llevaba paraguas. Recuerdo que mientras caminaba, y por la tormenta, no vi a nadie más en la calle durante varias cuadras, que recorrí con una revista sobre la cabeza que al menos me permitiera ver hacia dónde iba, y mi termo con café en la otra mano. ...

Mocha navideño


 “Con un histórico acuerdo entre Robert Smith y Santa Claus, los góticos podrán festejar la Navidad”, dice el meme con foto entre el icónico personaje y el vocalista de The Cure, que deja en su teléfono para enviar después a alguien.

 

Al apagar la pantalla, piensa que aquella imagen es apropiada para el momento, pues va camino a elegir su árbol para este año, que ahora será natural.

 

Como no tiene coche, convenció a un amigo de llevarlo con otro más, argumentando que así saldría más barato el viaje hasta aquel pequeño pueblo fuera de la ciudad. Si las cuentas cuadran o no, ya será otro problema, lo importante es el viaje diría el tercero a bordo.

 

Aprovechando que ya estaba abierta la cafetería de la calle del amigo conductor, compraron cafés antes de partir, pues ya no era de madrugada, pero tampoco podría considerarse ese momento aún de mañana.

 

Él pidió un mocha caliente, pues pensó que la mezcla de café y chocolate le serviría para no dormirse, pues nunca ha sido una persona madrugadora. De hecho, si por él hubiera sido, habría ido de noche, pero ambos le reclamaron que así no verían nada para elegir bien los árboles, ni estaría abierto para entonces.

 

Con el vaso en mano, el resto del viaje hasta allá le pasó desapercibido, aunque no es que no hubiera buenos momentos, pero con uno concentrado en el volante, y el otro dormitando de tanto en tanto, mucho se redujo a vacas, pasto, campo y aquellos cuadros amarillos brillantes que colocan en las barreras de contención de las carreteras.

 

Lo mejor pasó después, cuando una vez elegido su árbol empezó a buscar a alguien que le ayudara con el proceso de compra, pues tampoco es que agarres tu tronco y “pa´l carro”, como les dijeron varias veces a la entrada. Al parecer habían tenido algunos incidentes con gente que llegó, cortó e intentó salir sin pagar, y es que tampoco pueden cobrar a la entrada, pues depende del tamaño y la especie.

 

Para cuando encontró su árbol, el mocha estaba por acabarse, y pensó por un instante en la posibilidad de ir por otro a la cafetería del lugar, pues aún faltaban sus amigos por escoger los que se llevarían. Primero, hay que hallar a alguien y cortarlo, si no de nada habrá servido la hora de búsqueda.

 

En eso, a lo lejos pasó una muchacha con el chaleco naranja de quienes trabajan en el invernadero. Por miedo a perder su árbol, le gritó un “ey, chica”, que después acompañó por un chiflido chilango mientras ondeaba su gorra por los aires, como cazando nubes. Y eso fue lo único, porque ella nunca le hizo caso.

 

Siguió viendo hacia todos lados, buscándola o a sus amigos, pero solo veía caras desconocidas y ningún chaleco naranja. Así que espero, y esperó y esperó. Hasta que el mocha se acabó, con todo y los asientos que llegan a quedar del chocolate. Y ella volvió a pasar a lo lejos.

 

Sin más opción, se quitó la bufanda y la puso sobre el “cuello” del árbol como señal de apartado mientras se encaminó a donde estaba la muchacha. “Encuéntra la chica, mientras puedes”, pensó.

 

Ya sin pensarlo más, se metió en lo más profundo de aquel bosque, a la sección donde los árboles estaban más juntos, buscándola como si estuviera llamándolo por ayuda.

 

En eso estaba cuando de pronto escuchó su nombre, profundo entre los árboles, llamándolo. Sin más que hacer, la búsqueda continuó, creyendo, esperanzado, que era ella quien lo llamaba por su nombre, desde lo profundo de aquel bosque que en algún punto significaría la Navidad para alguien.

 

Caminaba siguiendo su nombre, hacia donde creía que estaba ella, como si lo esperara. Igual y pudo buscar alguna otra persona con chaleco naranja, pero nunca se le pasó por la mente. Ya nada ni nadie más importaba, sólo ella y su nombre.

 

Su nombre seguía escuchándose, como murmullo entre los árboles, mientras cada vez se ponía más oscuro, con la tormenta aproximándose hacia allá. Una tormenta que no se veía venir cuando llegaron al invernadero, con aquel cielo tan despejado, pero ahí estaba.

 

De pronto, se dio cuenta y detuvo su búsqueda, pero ya era muy tarde. Estaba perdido en aquel bosque. ¿y ahora, cómo podría regresar al coche, cómo encontraría su bufanda, su árbol, a sus amigos, a la muchacha?

 

Desolado, se sentó en el suelo mientras el “avispero” en su cabeza bajaba la velocidad y le dejaba pensar. En ese momento no sabía si había caminado mucho, o durante cuánto tiempo, ni cómo volvería hasta su bufanda y encontraría a sus amigos.

 

La duda lo tenía preso, su mente no se detenía, como tampoco lo hacía aquella voz que cambió su nombre de susurro a grito, clamándolo desesperada. Cada vez se hacía más y más fuerte, aún más cercana. Cerca, cerca. De pronto, ahí estaban los dos, de pie detrás suyo, alegres por hallarlo.

 

Apenas los escuchó, sin levantarse, volteó lentamente hacia atrás, temiendo encontrar algún espejismo, truco de su mente. Sin embargo, ambos eran reales, mucho, y él también, así que se levantó emocionado, abrazándolos.

 

Y aunque ninguno entendió el porqué de su emoción, si apenas hacía cinco minutos que se habían visto, le regresaron el abrazo, apurándolo a elegir un árbol, pues ellos ya hasta lo habían cortado. “Pero si ya elegí uno, sólo estoy buscando a la muchacha para cortarlo”, respondió.

 

Tampoco supieron de quién hablaba, pero le dijeron que había un señor que los esperaba para cortar el suyo. Incluso lo llevaron hasta él, pues recordaban dónde se habían visto antes de separarse.

 

“Tú siempre corriendo hacia la nada”, le dijeron sonriendo al terminar de amarrar los tres árboles al toldo del coche, después de que les contó la historia completa de su aventura. Sin más, y con una botella de agua en mano, para no darle más café, partieron de vuelta a la ciudad, antes de que empezara a llover. Y así, comenzó la temporada navideña.


Francisco Contreras

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