Ahí estaba Jaime, de pie en la calle frente a la que toda la vida fue su cafetería, donde se reunía con amigos, tenía citas de trabajo y románticas y veía a su familia. Ahora, era historia escondida tras láminas de aluminio.
Desde la acera de enfrente, recuerda que la primera vez llegó ahí buscando cambio para comprar una tarjeta para el teléfono público, pero una antipática mesera le dijo que solo le cambiaban el billete si compraba algo; sólo se le ocurrió pedir un americano. Necesitaba hacer una llamada a su novia, con quien había peleado la noche anterior, quería alcanzarla antes de que se fuera al trabajo. El café lo absorbió y una taza se convirtió en dos; no la alcanzó.
Al día siguiente volvió, según con la intención de reclamarle el haberla perdido, pues dejó de responder sus llamadas, pero una vez en la puerta comprendió lo ilógico de eso. En su lugar, se sentó en la misma mesa y pidió otro americano.
Desde donde estaba, en el presente, veía tan sólo una parte de los escombros de lo que antes fue un edificio de cuatro pisos, sobresaliendo de las vallas de protección que el terremoto dejó en su ciudad como una plaga. Desde ese día Jaime evitó saber de saldos, tanto de muertos como de edificios derrumbados, de vidas terminadas, porque no solo se acaban al dejar de respirar, sino también cuando te arrancan tu identidad, tu rutina.
Aunque lo veía, no podía creer que ya no existiera aquel café de antaño en el que conoció a su exesposa, la mamá de su hija, ni donde se enteró del accidente en que murieron sus papás, donde su mejor amigo le dijo que se casaba, o supo que había pasado el examen para entrar a la Maestría en Derecho.
Pensó en quienes perdieron a alguien en el sismo que arrasó con su ciudad, y sintió que exageraba al estar en duelo por un lugar, cuando hubo quienes perdieron más. Y sí, quizás lo considerarían mal, pero ese sismo se llevó sus recuerdos con ella, los cappuccinos con su abuelo, los lattes con Hernán y tantos cafés que tomó con sus conquistas, amistades y tantas personas que hasta ese momento pasaron por su vida.
"Pero aún están ahí", diría cualquiera que lo escuchara, pero no es cierto, pues aunque su ex y su hija siguen vivas, ya no existen quienes eran en ese momento en la cafetería, cuando a la pequeña la hacía feliz con una malteada o un helado flotante, y a la mamá con escucharla hablar sobre su día a mientras tomaban un latte.
Nada borrará que sus abuelos ya no están, y que muchos de sus amigos se alejaron de su vida, pero esos recuerdos ahí seguían, y podía revivirlos cada que entraba en ese lugar y pedía un café, en la forma que fuera.
Por un momento pensó en acercarse y agarrar alguna piedra o pedazo de mueble, quizá una taza, inclusó cruzó la calle hasta encontrarse con las vallas protectoras que lo alejaban de aquellos recuerdos. “¿Y si estas láminas son la cicatriz de aquella herida y al transgredirlas solo vuelvo a abrirla?”, pensó de pronto, apenas a tiempo para detenerse en su intento por entrar a la zona, y es que muchas veces los recuerdos son mejores en nuestra mente de lo que ocurrió en realidad.
Sin embargo, al intentarlo ya había movido uno de los postes de madera que sostenían los delgados metales, moviéndose un poco los escombros detrás, dejando rodar hacia afuera un vaso de cartón que la cafetería usaba en las órdenes para llevar. Quizá era la despedida que le daba aquel lugar que tampoco quería irse, por lo que la agarró y, metiéndola en la bolsa de su saco, empezó a caminar hacia su casa, o lo que quedaba de ella, pues ahí también dejó estragos aquel terremoto, aunque en mucho menor escala, porque hay fenómenos de los que, de una u otra manera, nadie se salva.
Francisco Contreras
